
Eran las siete de la mañana del 21 de Enero. Llegàbamos al Templo de Tiwanaku, luego de recorrer los 80 kms. que lo separan de La Paz; con sueño, y con la alegrìa de ser parte de un suceso històrico.
A esa hora hacìa frìo, mucho frìo, pero en las afueras del Templo ya habìa una multitud de veinte mil personas, muchas de las cuales habìan acampado toda la noche, para ver a su presidente, porque por primera vez en la historia, un indígena es presidente en Sudamèrica, un indígena igual que ellos , cuyas raices compartimos la mayorìa de los americanos. Un presidente que llegò a este cargo gracias a una revoluciòn democràtica, realizada por un pueblo harto de sometimiento y organizado en forma envidiable, y del cual hay mucho que aprender.
La gente entraba apretujada por un portòn entre dos alambrados, hacia el predio desde donde se podrìa ver el acto milenario, en que los pueblos originarios investirìan a Evo Morales, en una ceremonia ancestral que nos se hacìa desde quinientos años atràs.
Y para la ocasión se vistieron con sus ropas tìpicas, con miles de colores, con las Whipalas, ( banderas de los pueblos originarios), flameando con la furia del viento.
Eran distintos grupos ètnicos de Bolivia y de todo Amèrica, Quechuas, Aymaras, Tobas, Guaranìes, Mapuches,, y muchos mas, cada uno de los grupos con sus intrumentos , tocando sus mùsicas y bailando sus danzas, festejando , en definitiva, el triunfo mas importante en muchos años, de los de abajo, los marginados del mundo moderno.
Y luego de cinco horas de espera, de alguna comida tìpica, y alguna siesta de turista, apareciò Evo Morales en la montaña de al lado del Templo, con los sacerdotes Amautas, que serìan los encargado de llevar adelante la ritual ceremonia.
Y saliò de repente el Sol, y kilos de ropa empezaron a sobrar.
Y se homanajeò a la Pacha Mama con lìquidos e inciensos, mientras Evo saludaba descalzo, con su poncho rojo, y levantaba el cetro que un rato antes le habìan entregado las comunidades indígenas , con el Dios Cha Cha Puma en su punta.
Y la gente aplaudiò, llorò, escucho.
Escuchò el discurso sencillo y contundente que diò Evo desde la puerta del “Templo del Tiempo y el Espacio”.
Y Evo hablò del tiempo de los indígenas, de terminar la gesta que habìa empezado el Che Guevara, del fin del Neoliberalismo en estas tierras.
Y la gente aplaudiò a rabiar. Aplaudìan los Mineros de Potosí, de Oruro, Los cocaleros del Chapare y de las Yungas, los campesinos y las pastorcitas de la montaña, los clase media de La Paz y los luchadores de “El Alto”, los turistas y los viajeros.
Y cuando Evo se fue, la esperanza quedò flotando, parece que està vez para quedarse.
Y entre tantos grupos distintos, la frase que se escuchaba era la misma: “UKA JACH’A URU JUTASKIWAY”, “El gran dìa ha llegado”, que asì sea.
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